Pediatras y otros especialistas en nutrición infantil han alertado de un aumento de carencias nutricionales en menores por la imitación de “modas alimentarias” de adultos, que van desde el ayuno intermitente hasta la exclusión del gluten sin indicación médica. En ese contexto, la dieta sin gluten seguida por niños que no son celíacos preocupa especialmente porque puede empobrecer la alimentación, dificultar diagnósticos y transmitir una idea errónea de que eliminar alimentos siempre equivale a comer mejor.

 

La advertencia de los expertos se repite con creciente insistencia en consultas y congresos médicos. En este sentido, la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) ha venido señalando que cada vez llegan más familias confundidas entre la evidencia científica y las tendencias virales sobre alimentación, un terreno en el que proliferan consejos simplistas, vetos arbitrarios y promesas de bienestar sin base clínica. El problema surge cuando esas decisiones, pensadas para adultos o copiadas de redes sociales, se trasladan sin filtro a la infancia, una etapa en la que las necesidades energéticas y de micronutrientes son decisivas para el crecimiento y el desarrollo cerebral. 

Entre esas modas, la dieta sin gluten ocupa un lugar destacado por el halo de alimento “más limpio” o “menos inflamatorio” que arrastra entre parte de la población. Sin embargo, los especialistas recuerdan que retirar el gluten solo está indicado en patologías concretas, como la enfermedad celíaca, y no en personas sanas por mera sospecha o convicción. Así las cosas, banalizar la dieta sin gluten desdibuja su carácter terapéutico y convierte en tendencia lo que, para el paciente celíaco, es un tratamiento médico estricto y de por vida.

Cuando se elimina el gluten sin supervisión profesional, el riesgo no reside solo en lo que se quita, sino en lo que lo sustituye. Muchos productos específicos sin gluten presentan un perfil nutricional menos favorable que sus equivalentes convencionales, con más grasas, azúcares y menor contenido en fibra o ciertos micronutrientes. En un niño, esa sustitución mal planificada puede traducirse en dietas menos variadas y en déficits de hierro, calcio o vitaminas, además de comprometer hábitos alimentarios saludables. A ello se suma otro problema de calado clínico: retirar el gluten antes de estudiar síntomas digestivos puede enmascarar o retrasar el diagnóstico de la enfermedad celíaca.

Los pediatras insisten en que los menores no son adultos en pequeño, de manera que un adulto puede compensar durante un tiempo una pauta desequilibrada; mientras que un niño, en pleno crecimiento, dispone de mucho menos margen. Por eso, las restricciones injustificadas pueden desembocar en anemia, alteraciones del crecimiento, baja densidad mineral ósea o un aporte insuficiente de energía en etapas clave del desarrollo.

Esta preocupación no se limita al cuerpo, ya que introducir desde edades tempranas una cultura de control, prohibición y miedo a determinados alimentos, también puede alterar la relación con la comida y actuar como antesala de futuros trastornos de la conducta alimentaria.

Los expertos aseguran que advertir contra la moda de comer sin gluten no significa restar importancia a la enfermedad celíaca, sino justo lo contrario. Para los pacientes diagnosticados, la dieta sin gluten sigue siendo el único tratamiento eficaz y debe realizarse con rigor, educación alimentaria y seguimiento. Precisamente por eso, los especialistas piden diferenciar con claridad entre una intervención terapéutica necesaria y una exclusión improvisada. Equiparar ambas situaciones no solo confunde a las familias, sino que puede trivializar el esfuerzo cotidiano que exige vivir con celiaquía.

En cualquier caso, el consenso profesional es claro: antes de retirar gluten, lactosa o cualquier otro grupo de alimentos de la dieta infantil, hay que consultar con el pediatra o con un especialista en nutrición pediátrica.

Frente al ruido de las redes, la mejor prevención sigue siendo una educación alimentaria basada en pruebas, con menús variados, suficientes y adaptados a cada etapa. En tiempos en que la alimentación se llena de etiquetas y mensajes absolutos, los especialistas recuerdan una idea básica pero urgente: en la infancia, comer “de moda” puede salir caro; comer bien, en cambio, sigue dependiendo menos de las tendencias y más del criterio clínico.